La historia de
Namal y la niña Tsunami

El mayor desastre natural de los últimos 100 años, un niño transformado en héroe local y un drama familiar de inesperado desenlace. Una increíble historia de sobrevivencia en medio del tsunami que azotó las costas de Sri Lanka en 2004.

Namal tenía ocho años cuando llegó la gran ola. Aquella fue una mañana especialmente oscura, recuerda, como si el sol se hubiera querido ausentar a propósito para no ver lo que iba a pasar.

Su madre, Tharushi, luchaba por tratar de despertarlos a él y a su hermano para enviarlos a práctica de fútbol, mientras su hermana de tan sólo un año dormía junto a la abuela en el dormitorio principal. Afuera, su padre y su tío se disponían a descargar las redes con lo pescado durante la noche.  La familia vivía al borde del mar, en una pequeña caleta de pescadores del sur de Sri Lanka llamada Tangalle, un lugar tranquilo y perdido que poco a poco comenzaba a aparecer en las listas de viajeros, sobre todo aventureros europeos en búsqueda de playas paradisíacas y destinos culinarios exóticos. 

Aun medio dormido, Namal se vestía y metía sus zapatos de fútbol en la mochila cuando notó algo raro: la pieza se comenzaba a inundar. Alertó a Tharushi, pero ella pensó que esta era otra de las tantas bromas que su hijo hacía para asustar a su hermano menor. Sin embargo los gritos de Namal se hicieron cada vez más intensos y cuando entró a la pieza se dio cuenta de que esto no era una inundación común: un verdadero río cruzaba la mitad de su casa.

De ahí en más todo se transformó en una confusa carrera. Namal recuerda ver a su madre tomando a su hermano menor, a la abuela saliendo de la casa con la bebé en brazos y a la gente corriendo en todas direcciones, sin saber realmente dónde ir.  Un crujido indescriptible retumbó en el aire advirtiendo la inminencia del desastre, mientras el nivel del agua subía rápidamente y ya llegaba al nivel de la cintura. Los gritos se multiplicaban y en la confusión Namal pudo reconocer la  voz de su tío. De reojo vio que estaba atrapado en las redes de su propio barco y pedía desesperadamente ayuda. Su padre no se veía por ningún lugar. De un segundo a otro la voz de su tío se apagó y lo último que recuerda es escuchar a su madre gritar… “¡Corre Namal, corre!”. 

Pero correr fue imposible. El agua lo arrastró con fuerza por segundos que parecieron horas, lo golpeó contra fierros, arbustos y finalmente contra una casa. Los vidrios de una ventana rota le hicieron cortes en las piernas, pero no sintió dolor; la adrenalina era demasiado potente y su instinto de supervivencia, aun teniendo ocho años, le decía que tenía que nadar. A duras penas logró agarrarse de un árbol, el que fue escalando a medida que subía el nivel del agua. Cuando llegó a la copa pudo ver la destrucción en todo el pueblo. No quedaban casas a orillas del mar y barcos de todos los tamaños y formas eran arrastrados tierra adentro. Automóviles, motocicletas y hasta vacas se veían flotar por todos lados. Entre las cosas que vio pasar cerca de él, Namal distinguió a una chica europea de unos veinte años semi inconsciente flotando en el agua. Trató de ayudarla, pero sus fuerzas simplemente no le dieron para hacerlo.  

Decidió nadar hacia un lugar más seguro, pero su liviano cuerpo no pudo contrarrestar la fuerza del agua y la corriente simplemente se lo llevó. Cuando pensaba que todo estaba perdido, se abrazó a una caja de plástico que flotaba cerca suyo. Apoyado en la caja logró llegar al techo de una construcción donde se sintió más a salvo y allí esperó a que el nivel del agua bajara. No sabe cuánto tiempo pasó en eso, mirando cómo el mar se llevaba todo aquello que hasta ese día él había conocido como su hogar. 

De pronto un hecho llamó su atención: algo se movía dentro de la caja. Pensó que podía ser un animal, un cachorro o un gato pequeño, pero luego recordó que algunos vecinos también solían tener a serpientes como mascotas, por lo que prefirió no abrir la tapa.

Galle
Galle, histórica ciudad de Sri Lanka, a pocos kilómetros de Tangalle.

Finalmente la curiosidad pudo más y se atrevió a mirar dentro. Lo que había en su interior no era un animal, sino que una niña de sólo meses, arropada entre sábanas mojadas, pero milagrosamente sin ningún rasguño. De pronto toda la adrenalina de los minutos previos se transformó en pura emoción, Namal abrazó a la niña y soltó las lágrimas contenidas.

Cuando el mar comenzó a retroceder, decidió ir en búsqueda de su familia y su primer instinto fue regresar a su casa. Cuando llegó allí sólo pudo ver escombros y ningún rastro de sus familiares, menos de lo que alguna vez fueron sus más queridas posesiones: el pequeño remolcador, la televisión, sus juguetes. Lo único que pudo encontrar fue su mochila, ya sin sus zapatos de fútbol dentro. Decidió usar la mochila para transportar a la bebé y se dirigió  rumbo al pueblo. 

Las escenas que presenció durante esa caminata jamás las pudo borrar de su mente. Cadáveres repartidos por doquier, personas de todas las edades con rostros desfigurados, desnudos, despojados de sus ropas por la fuerza del agua. Dos niñas sin vida, hermanas probablemente, aun con su pijama puesto, ambas abrazando a sus ositos de peluche. La chica europea que había visto antes flotando semi inconsciente, ahora yacía sin vida, su cuerpo sostenido de una reja y con un trozo de madera atravesándole la garganta.

Vio mucha gente en shock, desconcertada buscando a sus amigos y familiares.

También recuerda ver a otros que se adentraron en la playa, recogiendo los peces varados en el lecho marino, quizás tratando de asegurar su comida para los próximos días en medio del escenario apocalíptico que los rodeaba. Figuras inocentes que, ignorantes de los caprichos del mar, no previeron que pronto llegaría una ola, aún más grande que la primera, y que no tendrían oportunidad de escapar a tiempo. 

Namal vio como el mar se los tragaba a todos. Los gritos y el caos nuevamente se apoderaron del pueblo, mientras él comenzaba otra carrera por salvar su vida y la de la bebé. Huyó desesperado, entre escombros y heridos, hasta perder completamente la noción del tiempo. Sólo se detuvo cuando un policía le aseguró que el peligro había pasado. Sus fuerzas no le daban para más y exhausto y sediento se sentó afuera de una casa cualquiera. 

De pronto alguien abrió la puerta donde estaba apoyado y una anciana asomó lentamente su cabeza. Al ver al niño cargando a la bebé, la mujer se conmovió  y les hizo entrar a su hogar, los alimentó y les dio ropa seca. Su esposo, aún más anciano que ella, hizo un ungüento con plantas de su jardín y con él curó las heridas que Namal tenía en sus piernas. Heridas que dejaron profundas cicatrices, marcas que aún lo acompañan y que son recordatorio permanente de ese fatídico día. 

Tres días se quedó Namal con la pareja de ancianos. Cada mañana la mujer recorría los templos cercanos -que se transformaron en refugios improvisados- buscando a los padres del niño. Cada día, sin embargo, regresaba sin noticias: el caos en el pueblo, y en todo el país, era generalizado. Al cuarto día, Namal se vio solo en la casa por varias horas. No sabía dónde estaban los ancianos, supuso que buscando comida o a sus padres, pero su tardanza lo preocupó y decidió salir a la calle, y de paso tomó a la niña y la puso en la mochila. Caminando a unas pocas cuadras de allí identificó a una figura familiar, una mujer baja, robusta y de cara ancha. Era una amiga de su madre que, apenas lo reconoció dio un grito: “!Namal, ¿dónde estabas? Todo el mundo estaba buscándote! Te dieron por muerto. Tu madre está en el templo en la colina. ¡Ve por ella!”. 

Más de dos mil personas, provenientes de todos los pueblos cercanos, se encontraban en el templo principal de la zona. Familias completas se habían apostado allí esperando ayuda de las autoridades y que alguien les asegurara que era seguro regresar a sus hogares, o lo que quedaba de ellos.  Namal se paseó incontables veces por los pasillos del templo sin suerte; el tumulto, las cocinas comunes improvisadas, los heridos tendidos en el suelo, el olor de las fogatas, todo el ambiente estaba cargado de un dramatismo extremo. Cuando estaba a punto de rendirse comenzó a gritar los nombres de sus familiares mientras daba una última vuelta de reconocimiento. De pronto escuchó un grito de alegría a lo lejos, luego su nombre y finalmente reconoció el rostro de su mamá avanzando hacia él entre la multitud. El abrazo fue largo e intenso. Namal no recuerda haber visto a Tharushi llorando como ese día y hasta el día de hoy no cree haberla visto más feliz que en ese instante.  El reencuentro con el resto de su familia fue igual de emocionante. Milagrosamente todos se habían salvado sin mayores lesiones, a excepción de su tío, del que nunca más se supo. El mar simplemente se lo llevó para siempre. 

Luego del shock inicial, la pregunta obvia fue: “¿Qué haces con ese bebé?”. Y Namal procedió a contar su historia completa, de cómo la caja lo había ayudado a sobrevivir y que una vez que vio a la niña dentro decidió que era su responsabilidad salvarla. Luego de escuchar el relato, Tharushi se convenció que éste era un mensaje de los dioses, tomó a la bebé y le prometió a Namal que harían todo lo posible por cuidarla hasta encontrar a sus padres. 

Pero esa fue una misión mucho más difícil de cumplir de lo que esperaban.  Pasaron los días y nadie parecía saber qué había pasado con los padres de la niña. Ni la policía, ni los hospitales, ni las autoridades locales tenían registro alguno de su procedencia. Cuando finalmente Namal y su familia pudieron instalarse en un nuevo hogar, se la llevaron con ellos. Y no se separaron más. La chiquilla pasó a ser un miembro más de la familia, un regalo de los dioses en el día más negro que cualquiera de ellos pueda recordar. 

La niña Tsunami

Decidieron llamar a la bebé Nayani, pero cuando se conoció su historia todo el pueblo comenzó a referirse a ella como la Niña Tsunami.

Pasaron tres años en los que muchas personas se acercaron a la casa de la familia de Namal preguntando por ella, intuyendo que quizás podía ser su hija perdida, pero ninguna de las versiones parecía coincidir con lo que realmente había sucedido. Finalmente Tharushi desistió de su propósito de encontrar a los verdaderos padres de Nayani. Se encariñó tanto con ella que incluso deseaba que ese día jamás llegara. La adoptó como una hija más.

Hasta que un día, cuatro años después del tsunami que cambió sus vidas, un matrimonio se acercó a la casa de Namal. La mujer tenía unos treinta años y tanto su rostro como sus gestos se asemejaban sorprendentemente a los de Nayani. Al ver a la niña, la mujer estalló en lágrimas. Fue tal la conmoción que no pudo contenerse y se marchó. Su marido habló con Tharushi y le confirmó que estaban seguros de ser sus verdaderos padres. Pero ella no dejaría partir a Nayani tan fácilmente: si querían a la niña, tenían que traer pruebas que confirmaran el lazo. 

Al día siguiente el matrimonio regresó con papeles, certificados de nacimiento y fotografías de la bebé. Aún así, Tharushi no estaba conforme, no podía entender cómo habían dejado pasar tanto tiempo antes de ir a buscar a su hija. No confiaba en que fueran suficientemente responsables para hacerse cargo de ella. Fue sólo entonces que la mujer decidió contar, entre lágrimas, la historia de cómo había perdido a su hija.

El matrimonio no era de Tangalle, sino que de Colombo, la capital de Sri Lanka -a unos 200 kilómetros de allí- y el día del tsunami se encontraban vacacionando en el área. Aquella mañana, el esposo había salido a trotar al alba, como era su costumbre, por lo que la mujer se encontraba sola con sus tres hijos, dos niños de cuatro y cinco años y una bebé de sólo seis meses. El maremoto los sorprendió aún durmiendo. Ella sólo reaccionó cuando el agua estaba al nivel de la cama y su primer instinto fue poner a la bebé en una caja plástica que encontró cerca suyo y luego tomar a sus dos hijos que dormían en la cama contigua. Pero el agua entraba demasiado rápido y en un abrir y cerrar de ojos la caja había desaparecido. Trató de agarrar a sus niños lo más fuerte que pudo, pero el mar también se los arrebató y antes de que pudiera hacer algo perdió la consciencia. 

Despertó semanas después en un hospital, acompañada de su esposo, pero sin sus hijos. Todos ellos desaparecieron sin dejar rastro. Una vez ella recuperada físicamente, la pareja se quedó en la zona preguntando en todos los lugares imaginables por los niños, hasta que finalmente una terrible llamada les comunicó que las autoridades habían identificado los cuerpos de sus dos hijos hombres. El impacto fue demasiado fuerte para la mujer, que volvió a Colombo para comenzar un tratamiento psiquiátrico. El padre de los niños le confesaría más tarde a Tharushi que su esposa nunca volvió a ser la misma y que incluso en algún momento temió que perdiera definitivamente la cabeza. 

Cuatro años después de estos eventos, un conocido les comentó sobre el caso de una bebé en Tangalle que había sobrevivido milagrosamente al maremoto y que los locales habían bautizado como la Niña Tsunami. Fue entonces que se acercaron a la familia de Namal. 

Al día siguiente el matrimonio regresó con papeles, certificados de nacimiento y fotografías de la bebé. Aún así, Tharushi no estaba conforme, no podía entender cómo habían dejado pasar tanto tiempo antes de ir a buscar a su hija. No confiaba en que fueran suficientemente responsables para hacerse cargo de ella. Fue sólo entonces que la mujer decidió contar, entre lágrimas, la historia de cómo había perdido a su hija.

El matrimonio no era de Tangalle, sino que de Colombo, la capital de Sri Lanka -a unos 200 kilómetros de allí- y el día del tsunami se encontraban vacacionando en el área. Aquella mañana, el esposo había salido a trotar al alba, como era su costumbre, por lo que la mujer se encontraba sola con sus tres hijos, dos niños de cuatro y cinco años y una bebé de sólo seis meses. El maremoto los sorprendió aún durmiendo. Ella sólo reaccionó cuando el agua estaba al nivel de la cama y su primer instinto fue poner a la bebé en una caja plástica que encontró cerca suyo y luego tomar a sus dos hijos que dormían en la cama contigua. Pero el agua entraba demasiado rápido y en un abrir y cerrar de ojos la caja había desaparecido. Trató de agarrar a sus niños lo más fuerte que pudo, pero el mar también se los arrebató y, antes de que pudiera hacer algo, perdió la consciencia. 

Despertó semanas después en un hospital, acompañada de su esposo, pero sin sus hijos. Todos ellos desaparecieron sin dejar rastro. Una vez ella recuperada físicamente, la pareja se quedó en la zona preguntando en todos los lugares imaginables por los niños, hasta que finalmente una terrible llamada les comunicó que las autoridades habían identificado los cuerpos de sus dos hijos hombres. El impacto fue demasiado fuerte para la mujer, que volvió a Colombo para comenzar un tratamiento psiquiátrico. El padre de los niños le confesaría más tarde a Tharushi que su esposa nunca volvió a ser la misma y que incluso en algún momento temió que perdiera definitivamente la cabeza. 

Cuatro años después de estos eventos, un conocido les comentó sobre el caso de una bebé en Tangalle que había sobrevivido milagrosamente al maremoto y que los locales habían bautizado como la Niña Tsunami. Fue entonces que se acercaron a la familia de Namal. 

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Águila posa sobre un árbol destruído por el tsunami.

La historia conmovió a Tharushi, que finalmente decidió que lo correcto era entregar a Nayani a sus verdaderos padres. Pero entonces se presentó el siguiente problema: ¿cómo explicarle a una niña de cuatro años que sus papás no son en realidad sus papás y que todas las personas que conoce y en que confía no son su familia? 

En conjunto se tomó una decisión: para hacer la transición más fácil para ella, el matrimonio se mudaría a la casa de Namal por un tiempo para que Nayani comenzara a acostumbrase a convivir con sus nuevos padres. Sin embargo, lo que se planificó como una estadía pasajera, se terminó convirtiendo en una residencia permanente. La niña se negaba a partir y dejar atrás a la única familia que había conocido hasta entonces. 

Sus padres entonces tomaron una decisión de vida: se mudarían definitivamente a Tangalle, el pueblo que les arrebató a sus dos hijos varones, e iniciarían una nueva vida allí. Compraron una propiedad a sólo un par de calles de la casa de Namal, y así, poco a poco, comenzó la transición de Nayani a su nuevo hogar. 

No bad days

Han pasado 20 años desde que se produjo el tsunami en el océano Índico y que arrasó las costas de varios países del sudeste asiático. Se estima que en total casi 280 mil personas perecieron por efectos del maremoto y solo en Sri Lanka la cifra de muertos es cercana a los 35 mil. Tangalle se recuperó y hoy es un próspero pueblo cuyo mayor ingreso sigue siendo la pesca y el turismo, industria que ha crecido sostenidamente en los últimos años. El pueblo, sin embargo,  aún conserva el mismo sello tranquilo y pacífico previo al tsunami. Sólo que hoy no existen tantas casas al borde del mar. 

Luego de perderlo todo, la familia de Namal se puso nuevamente de pie. Su padre compró un nuevo bote y retomó el negocio de la pesca y, aunque intentó convencer a Namal para que lo acompañara y siguiera la tradición familiar, él nunca quiso volver al mar. Hasta el día de hoy subirse a un bote lo pone nervioso. 

Pero su destino en definitiva no se encontraría tan alejado del océano. A sus 22 años Namal es hoy el administrador Dream Family, un exitoso restaurante familiar de pescados y mariscos, referenciado en varias guías de viajes y que actualmente está entre los mejor evaluados en la zona según Tripadvisor.  La pesca del día de su padre, su madre la transforma en deliciosos platos tradicionales de Sri Lanka. A todos quienes llegan a su restaurante, Namal les da la bienvenida y los guía en un paseo por la mejor comida típica que ofrece su país. Es un verdadero anfitrión, un tipo amable y sencillo, con una actitud positiva que energiza a quien lo visita.  “¿Qué más puedo pedir? Tengo a mi familia, mi negocio, una novia, buena salud. Soy feliz”, dice sonriendo, como es su costumbre. 

No Bad Days
Namal y su madre Tharushi sonríen a la cámara en su restaurante.

 

Nayani, en tanto, es hoy una espabilada y amistosa adolescente. Y aunque ya no le gusta que le llamen la Niña Tsunami, sabe perfectamente que quizás nunca podrá librarse de ese apodo. También sabe que es un precio que está dispuesta a pagar por haber recibido el mejor de todos los regalos: tener dos familias. Ella es feliz diciéndole al mundo que tiene dos papás, dos mamás y muchos hermanos. Tampoco pierde oportunidad de contar la historia de su héroe, Namal, el niño que arrastrado por la corriente abrazó una caja, salvó a una bebé y se transformó en una leyenda local.  

Hoy, ya transformado en un adulto, ese niño se esmera por hacer crecer el negocio familiar. En el mostrador de su restaurante hay una leyenda que dice “No bad days”. Un mensaje positivo para los comensales que llegan a su restaurante, pero más importante, un recordatorio para sí mismo: hasta el peor de los días puede traer consigo un regalo inesperado.