
La agilidad de sus movimientos tampoco se condice con su edad, evoca más a un adolescente hiperquinético que a un hombre ya con su recorrido a cuestas. Se desplaza de un lado a otro con rapidez, sin detenerse ni mostrar signo alguno de cansancio, impulsado por una energía que sorprende a quienes lo conocen. Mientras revisa una serie de facturas organizadas en una carpeta meticulosamente etiquetada por colores, habla por teléfono con su jefe y, apenas cuelga, camina decididamente a una de las palmeras que adornan el patio, sube a una escalera y comienza a cortar con un serrucho en miniatura una de las ramas que se mueven con el viento. “Estaba a punto de caer hace un par de días y ya me tenía nervioso” dice satisfecho, con la rama ya en mano.
Es más bien bajo, de piel bronceada y su rostro posee unos rasgos agudos que contrastan con su hablar dócil. Podría pasar perfectamente por un ciudadano de Quinta Normal, La Serena o Quillota, es decir, un chileno promedio.
Hace cuatro años dejó su pueblo natal de Munduk, ubicado en el norte de la isla de Bali, para arribar a Padang Padang, una de las tantas playas más pobladas del sur donde se concentra la industria turística. Un lugar al que cada año llegan miles de surfistas persiguiendo la ola perfecta y que también es destino frecuente de todo tipo de viajeros, especialmente veinteañeros del primer mundo que vienen por la fiesta, la playa y la gente linda. Esta es una especie de pasarela zorrona, donde los cuerpos tonificados y los cuerpos perfectos son la tónica.
Ese es justamente el perfil de cliente que Eggman recibe en el pequeño hotel del que es administrador. Cada madrugada, cuando el día apenas despunta, recoge las botellas de cerveza que los pasajeros han dejado afuera de sus respectivas piezas, limpia la piscina, ordena las sillas de playa y revisa que todo esté en orden en la cocina. A pesar de ser un negocio pequeño -no son más de ocho habitaciones- Eggman se esmera en cuidar cada detalle como si se tratara del mismísimo Hilton.
Esta es la primera vez que Eggman administra un hotel, por eso se esfuerza el doble por cumplir con las expectativas de los clientes y, más importante aún, del dueño del lugar. Antes trabajó en hotelería, haciendo el aseo, como jardinero, cuidador, en la lavandería y como mozo. Ahora su trabajo es una especie de combinación de todas esas labores, pero además es jefe y responsable final por la conducción del hotel. Esta es una oportunidad importante ya que implica un aumento de sueldo respecto a cualquier trabajo anterior. Mensualmente recibe una cifra cercana a los 300 dólares, más del doble de lo que gana un indonesio promedio al mes.
Todo ese dinero se va directamente a mantener a su familia, su mujer y dos hijos, quienes aún viven en su pueblo natal. Ellos son la razón de su sacrificio, el motor detrás de esa aparente inagotable energía. Una vez al mes, Eggman viaja los 100 kilómetros que separan a Padang Padang de Munduk, un viaje que toma casi cuatro horas por los sinuosos y angostos caminos de Bali, siempre atestados de motocicletas, en un caos vial que no se asemeja a nada que conozcamos en Chile.
La decisión de partir fue difícil, pero no tuvo más opción. El pago era mucho mejor que lo que recibía como agricultor y su familia necesitaba ese dinero. La distancia se convirtió entonces en un factor decisivo en su vida. Ya no podría estar cerca para ver crecer a sus hijos, ni estar con su mujer, ni pasear por los campos por horas, como era su costumbre. Todo eso fue reemplazado por llevar maletas, escuchar idiomas desconocidos y limpiar habitaciones que a veces -muchas veces- estaban convertidas en verdaderos museos a la miseria humana. “No creerías las cosas que he visto en algunas de esas piezas”, me confesaría en algún momento.
Son pasadas las ocho de la noche -el único momento de relajo en su jornada- y entre canción y canción entonada en su flauta, Eggman me cuenta de su vida como agricultor. Dice que recogía arroz desde las 6 de la mañana a las 6 de la tarde por algo así como 100 dólares y un saco de arroz al mes. Eso le alcanzaba para mantener el hogar, pagar por la alimentación, vestimenta y cuentas básicas, pero una vez que sus hijos estuvieron en edad de ir al colegio todo se empezó a complicar. Más todavía con la enfermedad de su madre, para quien él es su único soporte. Fue por ese entonces que recibió la oferta de un amigo para trabajar en un pequeño hotel de la zona de Kuta, la más turística de Bali.
Es de noche en Bali y Eggman se sienta en su reposera a tocar la flauta en el silencio de la noche. Eggman, por cierto, no es su verdadero nombre, es sólo una especie de apodo que él mismo se puso para hacerle la vida más fácil a los viajeros extranjeros. Su nombre real es Made, que significa Segundo. Esta es una tradición balinesa por la cual a cada niño se le da el nombre según el orden en el que nació: Wayan es primero, Made es segundo, Nyoman es tercero y Ketut cuarto. Y luego se repite el ciclo.
El turismo masivo ha transformado esta isla en un destino de postal, o de Instagram, para estar a tono con los tiempos. La mezcla de paraíso tropical con una cultura única -distante y distinta de lo que consideramos “occidente”- han hecho de este lugar un imán para turistas provenientes de todas partes del planeta. Esa ola de dinero foráneo ha traído a la isla un porvenir económico único comparado con el resto de las provincias de Indonesia, un país con serios problemas de pobreza, pero al mismo tiempo ha modificado casi irremediablemente costumbres y tradiciones únicas en Asia. Eggman es un símbolo viviente de ese tránsito. Él mismo ha visto esa transformación con sus propios ojos. Toda su familia -en verdad, todas las personas que conoce- han visto su vida cambiar en 180 grados desde la llegada del turismo de masas. Y no siempre para mejor.
Eggman vive en el mismo hotel del que es administrador. Duerme junto a dos otros trabajadores en una pieza de unos 15 metros cuadrados donde sólo caben tres camas pequeñas. No tiene mayores posesiones que unas cuantas prendas de ropa y su flauta querida. No necesita más, dice. Y aunque quisiera tener más, ese espacio no le da para guardar nada. Su vida transcurre casi íntegramente en el perímetro del hotel, esperando que lleguen nuevos clientes, podando el pasto, haciendo los desayunos, limpiando el vómito que algún australiano adolescente dejó esparcido cerca de la piscina… “La vida a veces es un poco monótona y dura, pero hay gente que está mucho peor que yo. Soy un agradecido de la vida”, dice Eggman antes de dar las buenas noches.
No existe una plaza central, una municipalidad, un hospital o un busto de algún héroe, sólo hay dos calles principales y un pequeño mercado donde cada mañana se venden verduras y granos. El resto del pueblo lo componen miles de plantaciones de arroz, ríos, una selva espesa y gente sin mayores pretensiones que llevar el día a día, seguir con la vida que les tocó vivir. La belleza natural de la zona ha atraído a un número de turistas y con ellos los primeros pequeños hoteles, pero en comparación con el resto de la isla de Bali, este es un lugar completamente recluido, donde las comodidades de la vida moderna -cajeros automáticos, cafés, bares- no existen y tampoco tiene mucho sentido que existan.
Aquí la única entretención es apreciar los increíbles paisajes montañosos, contemplar la lluvia que cae con frecuencia y caminar entre los sembradíos. Existe un sendero que cruza las plantaciones de arroz en terrazas, una de las postales de la isla, y que permite ver en toda su magnitud este verdadero milagro de la agricultura. Bali es, a falta de una mejor analogía, algo así como la capital mundial del verde. Los arrozales, los árboles y la hierba que crece libre ofrecen un espectáculo deslumbrante, una paleta de colores que ya se la quisiera Klimpt.
Adentrándose en uno de los caminos laterales de aquel sendero existe un letrero escrito en un cartón recortado de una caja de leche en el que puede leer una simple reseña en inglés: “Refugio y café para el caminante”. El mentado “refugio” se encuentra al final de un diminuto camino de tierra flanqueado por dos plantaciones de arroz y consiste en una pequeña choza con un techo, dos bancas y una mesa de madera. A su lado, una casa que parece medio abandonada y de la que de pronto sale un hombre que con un gesto de urgencia me invita a pasar. Se presenta: “Mi nombre es Wayan, este es mi café, bienvenido”. El lugar definitivamente invita a tomar un descanso: la choza tiene una increíble vista al valle y existe un silencio que sólo es adornado por el sonido tenue de un arroyo cercano y por los árboles que se mecen con el viento.
Wayan vive en esa choza con su mujer y su pequeño hijo. Las plantaciones de arroz son suyas, todo lo que rodea esa humilde choza y el “café” son parte de una propiedad que heredó de sus padres como hijo único. Tiene 31 años y ha pasado su vida completa en Munduk. Dice que cuando murió su madre estuvo a punto de abandonar el pueblo e ir a buscar su destino a algún otro sitio de Bali, pero confiesa que hoy no lo haría por ningún motivo. Aprendió a hablar inglés cuando trabajó como guía turístico para gente en búsqueda de las famosas cascadas que rodean al pueblo y dice que desde ese entonces cultivó un interés por conocer a personas de otros lugares del mundo. Quería entender qué piensan, cómo son sus vidas, descubrir qué cosas en común tiene alguien que vive en Nueva Delhi, Berlín o Ciudad de México con él, un humilde agricultor de Bali.
Me dice que el trabajo en el campo le da tiempo para pensar en cosas que sabe la mayoría de las personas no tiene el lujo de pensar. Se pregunta constantemente sobre el significado de su propia vida, sobre su propósito en este mundo y en las razones que conducen a los seres humanos a actuar como lo hacen. Dice que le interesan los temas relacionados a la religión y la filosofía, pero que raramente llegan a su pueblo libros interesantes que profundicen en estos temas y de ahí que su manera de cultivarse sea hablando con gente de otros países. Me dice que gracias a estas conversaciones ha aprendido que no importa de dónde vengas, si eres rico o pobre, la gente feliz es aquella que sabe apreciar los simples detalles de la vida y que, si se pierde eso de vista, las penas se pueden hacer inmensas. También ha llegado a la conclusión de que la religión no es necesariamente sinónimo de virtud y que algunas de las personas más buenas, generosas y en contacto con el medioambiente que ha conocido han sido no creyentes. Cree haber hallado la fórmula para llevar un matrimonio feliz: escucharse con atención, cuidarse y comer juntos todos los días.
Han pasado varias horas de conversación y la noche se acerca. Es tiempo de decirle adiós a Wayan, pero antes de irme me invita a conocer su casa. La pequeña cabaña no tendrá más de 30 metros cuadrados, con una habitación donde duermen todos juntos y un área central que sirve tanto de cocina como sala de estar. No hay decoración en las paredes, tampoco tiene televisión ni wifi, y el único aparato electrónico de la casa es una radio a pilas con las que escuchan las noticias y música típica balinesa. Le pregunto si es feliz con su vida y él me dice que sí, que mucho, que todo lo que podría necesitar está aquí con él en esta casa y afuera, en los arrozales. Antes de partir me da un abrazo y me regala un trozo de pastel que su mujer ha hecho en el horno de barro. Yo le pido una foto de él con su familia. Todos sonríen a la cámara. Yo también.