
Myanmar es la última frontera del turismo en el sudeste asiático, un país de increíbles riquezas arqueológicas y uno de los pueblos más amigables del mundo. Es también el escenario de la mayor limpieza étnica del siglo XXI. Y aquí, a nadie parece importarle.
Llegar a Myanmar es sorprenderse a cada instante. Este no es el país con la naturaleza más exuberante ni las playas más famosas, tampoco un destino culinario sobresaliente, menos una potencia tecnológica asiática. Pero escarbas un poco más allá de lo superficial y te encuentras con una nación de gente de carácter apacible con una inclinación natural a sonreír. Es también un país que ha heredado uno de los patrimonios arquitectónicos y arqueológicos más impresionantes del mundo. Pero más que todo lo anterior, este es un lugar con una profunda vocación espiritual, donde la religión copa todos los ámbitos de la vida, sobrepasando la esfera de lo místico o lo ético para extenderse -a veces peligrosa y nefastamente- al mundo del poder y la política. Es justamente ese elemento el que tiene a este país sumido en una cuasi guerra civil, con un genocidio en curso y con los ojos de la comunidad internacional puestos en las acciones (o inacciones) de sus autoridades.
Aunque leas todos los diarios y revistas disponibles, sigas las noticias en la TV o hayas repasado todos los blogs de viajero, nada te prepara realmente para lo que vas a ver en este país que hasta hace sólo unos años era la última barrera del turismo en el sudeste asiático, pero que hoy lentamente se está transformando en rival de destinos más consolidados como Vietnam o Camboya.
La primera sorpresa es el estado de tranquilidad que se respira al llegar a Yangon, ex capital y la ciudad más poblada del país. Más allá de la presencia de unos pocos militares en el aeropuerto, el ambiente es el de una ciudad completamente normal, con un tráfico rebelde como es la tónica en Asia, pero menos caótica y desordenada que otras urbes de la región. Nada en el ambiente en las calles denota un clima alterado, como se podría esperar luego de repasar las recientes noticias provenientes de esta nación.
Como si se tratara de eventos que están pasando al otro lado del mundo, en las principales ciudades del país no se perciben síntomas de preocupación por el conflicto entre el ejército y algunos grupos del pueblo Rohingya. Un conflicto que múltiples organismos, incluyendo la ONU, Human Rights Watch y la mayoría de los medios de comunicación del mundo no han dudado en calificar como limpieza étnica.
Más de un millón de personas han sido desplazadas de sus hogares según diversos cálculos. Pueblos enteros han sido quemados, se han llevado a cabo ejecuciones masivas y hay cientos de testimonios que hablan del uso de violencia en distintos niveles. Se han denunciado violaciones masivas a niñas y mujeres como método de amedrentamiento. Pero para el ciudadano común de Myanmar, el birmano que vive día a día en las grandes ciudades, esta realidad no es más que un espejismo, una mentira…fake news.
Zaw Min Naing es taxista en Mandalay, la segunda ciudad más poblada de Myanmar. Tiene 36 años y hace cinco conduce su taxi, un trabajo que le da una entrada permanente de dinero, pero que no lo complace. “Haces siempre lo mismo y eso me aburre”, dice. La monotonía fue la razón que también lo llevó a abandonar la primera pasión de su vida: Zin fue monje desde que tenía 12 años y por casi dos décadas. Dice que extraña la sencillez de esa vida, el placer de las cosas simples, la prescindencia de las cosas materiales, pero que finalmente la rutina de su vida como monje fue una mochila demasiado pesada para cargar por el resto de sus días.
Cuando tenía 32 decidió abandonar el monasterio, dejó crecer su pelo, buscó trabajo, encontró una mujer y empezó su vida como un civil más. El taxi fue la primera oportunidad laboral que se le presentó y no lo abandonó más. Además de ese trabajo, en ocasiones aprovecha el inglés que aprendió por sí solo cuando era monje para hacer tours a extranjeros.
Por estos días está pensando formar familia con su mujer -10 años menor que él- y tiene planes de estudiar traducción para trabajar en algo relacionado al turismo. Zin es moreno, lleva el pelo corto, la barba bien afeitada, es bajo y delgado. En resumen, cumple perfecto con el perfil del hombre birmano promedio. Pero a diferencia del birmano común, Zin se nota una persona más educada; lee medios internacionales, sabe de política, le interesa el arte y los deportes. Sabe de Chile, su geografía e historia política. Conoce a Neruda, Pinochet y Alexis Sánchez.
Me pregunta cómo es la vida allá. Yo le cuento que el clima es agradable y los paisajes son lindos. Que la vida es dura también, como en todos lados. También me interroga sobre la religión. Quiere saber qué tan creyente es la gente allá y yo le digo que somos un país mayoritariamente católico, pero que hoy son muchos quienes se identifican como protestantes o no creyentes. Le llama la atención el número de agnósticos y ateos. A pesar de haber dejado de ser un monje, Zin es un budista ferviente. Cree que la religión es el pilar de la sociedad y que hay que hacer el máximo esfuerzo por transmitir la tradición a las próximas generaciones. Está orgulloso de pertenecer al “país budista más importante del mundo, con la gente más religiosa, el mayor número de monjes per cápita, con más templos y con más fiestas religiosas que ningún otro”. Aunque no puedo comprobar todas esas cifras, todo lo que vi en el país no contradice para nada su aseveración. Es verdaderamente un pueblo muy creyente y comprometido con su religión.
Es increíble lo que pasa en Myanmar. El país más budista del mundo -una religión que en general se asocia con la paz, la tolerancia, la compasión- está sumido en una verdadera guerra civil, reportada por múltiples medios y agencias independientes del mundo, y nadie en las grandes ciudades parece creer, o quiere creer, esta realidad. Zin es uno de los escépticos. Me llama a desconfiar de los periódicos o canales de televisión internacionales y a no creer lo que se escribe en los grandes medios. “La BBC, CNN, Sky News, todos ellos mienten, no dicen la verdad del conflicto. Existen víctimas en ambos lados”. Le pregunto por los reportes de Naciones Unidas que confirman los abusos, la violencia y los asesinatos contra el pueblo Rohingya y su respuesta es igual de firme: “La ONU responde a quienes la financian, que son en su mayoría musulmanes que quieren promover sus valores en el mundo”.
Ante mi desconcierto, me trata de hacer un resumen de los hechos desde su perspectiva, y que luego descubriría, es la mirada que comparten la mayoría de los birmanos. “Los Rohingya -me dice- no son originarios de este país. Son mayormente inmigrantes de Bangladesh, una nación musulmana, y han cruzado la frontera para asentarse en territorios de Myanmar para explotar estas tierras, que son más fértiles y productivas. Los Rohingya decidieron atacar a la policía local porque quieren comenzar a imponer una política del terror que finalmente conduzca a la imposición de un estado islámico en Myanmar. El gobierno y los militares sólo han respondido con la fuerza necesaria para impedir que esto suceda”.
– Pero ellos llevan varias generaciones viviendo en estos territorios, ¿no son parte de Myanmar también?
– No, ellos se sienten diferentes, actúan diferente, creen otras cosas. Por lo tanto nosotros también los vemos diferentes.
– Pero ¿qué pasa con los reportes de gente que ha muerto escapando en botes, villas enteras quemadas, violaciones, asesinatos masivos?
– Nada de eso es cierto. Y si hubieran abusos, ten por seguro que el gobierno castigará a los responsables. Pero el gobierno y los militares han hecho lo correcto hasta ahora.
– Osea, para ustedes no es cierto lo del genocidio.
– Hay un conflicto, pero no como lo muestran desde afuera. Existe un problema entre ciertos Rohingya militarizados y nuestro ejército. Hay víctimas en ambos lados, esto no es un genocidio como lo han descrito ciertas instituciones. El punto central es detener la avanzada musulmana. Esa religión es muy peligrosa.
– ¿Entonces el tema central para ustedes es impedir que el Islam penetre más en Myanmar?
– Yo diría que sí. Está en juego el futuro de nuestro país y nuestra cultura. Mira lo que está pasando en Francia, donde el Islam está transformando a esa nación. Pronto ya no les quedará ninguna tradición.
Praknan y Simil son dos monjes budistas. Los encuentro en la impresionante pagoda de Shwedagon, la más grande del mundo y por cierto la más importante de Myanmar. A pesar de que el lugar lo visitan comúnmente turistas extranjeros, ambos monjes me quedan mirando por un buen rato hasta que uno decide hablarme. Me cuenta que les llamó la atención mi aspecto. Me identificaron claramente como turista, pero no el típico caucásico europeo o australiano que visita el lugar, sino algo más exótico y raro y por eso querían saber más de mí.
Les cuento que vengo de Chile y el más viejo asiente como si supiera perfecto de lo que estaba hablando. “Son buenos para el fútbol”, me lanza. Aunque no digo nada en el momento, ese comentario me hiere en el alma: hace sólo unas horas la selección chilena había quedado definitivamente fuera del Mundial de Rusia. Todo el día había estado tratando de olvidarlo y aquí viene un monje budista a meter el dedo en la llaga. Quizás es el universo diciéndome que debo dejar soltar.
Trato de cambiar rápidamente de tema. Les pregunto de dónde son y me responden que de comunidades rurales cercanas a Yangon. Aunque los separa una diferencia importante de edad (28 y 54), entablaron una relación de amistad que los une hace un tiempo. Comparten un sentido del humor similar y se apoyan cuando necesitan la ayuda de alguien.
No es raro ver a monjes budistas hablando con extranjeros. La mayoría de ellos dedica su vida a los estudios y, a diferencia de la mayoría de sus compatriotas, muchos saben hablar inglés y entienden de historia y política internacional.
Al preguntarles por el estado actual de su país ambos miran hacia el suelo y no emiten sonido. Luego de unos segundos de silencio el más joven toma la palabra: “Es una tragedia, realmente. Para ambos lados. Pero creo que existe una mirada equivocada de parte de los extranjeros. Este es un conflicto político más que religioso. El budismo promueve la paz, no la guerra, pero si hay una amenaza contra el país, es justificable usar los medios de los que dispongamos para proteger a nuestros hermanos y a nuestra cultura”. El monje más viejo asiente con la cabeza sin decir nada. Cuando les pregunto por las violaciones a los derechos humanos rehuyen la conversación y empiezan a profundizar en las discrepancias que tienen con la religión musulmana, de la que se sienten completamente ajenos. “Promueven la asimilación, la conquista por medio de la violencia, no podemos permitir que transformen nuestro país”, dice el monje más viejo. Y ahí se cerró la conversación.
Bagan es el principal punto turístico de Myanmar, una joya de la arquitectura antigua y testimonio de la gran importancia que ha tenido el Budismo en este país. Literalmente miles de estupas de distintos tamaños cubren un área de unos 10 kilómetros cuadrados dando forma al que probablemente es el parque arqueológico más grande del mundo. Entre algunos de estos templos aún permanecen unas pocas chozas que sirven de hogar para artesanos que venden sus productos afuera de las estupas, aunque la mayoría de los pobladores han sido desalojados del área donde está el parque. Cuando el sol se ha ocultado, regalándonos uno de esos famosos atardeceres de Bagan, una mujer mayor sale de una de estas casas para invitarme a conversar. Obviamente su plan es vender algo, pero su actitud sonriente me convence y decidido seguirla. Me invita una taza de té y me cuenta de su vida. Su nombre es Yu y dice que ha vivido en Bagan toda su vida, que ha visto su evolución desde que era un pueblo polvoriento y abandonado a una pequeña ciudad turística. En los últimos 10 años, tiempo en que el país se abrió al turismo, Bagan ha cambiado mucho, me cuenta. A nuestros ojos, el pueblo sigue siendo un lugar perdido y polvoriento, pero se nota que ha existido un cierto progreso reciente, lo que inevitablemente conduce a pensar qué tanto cambiará este lugar una vez que lleguen las hordas de turistas que invaden otros lugares arqueológicos más establecidos del sudeste asiático, como Angkor Wat en Camboya o Prambanan en Indonesia.
En su casa, Yu tiene su propio taller de thanaka, una especie de maquillaje que usan mujeres y niños en todo Myanmar, una de las cosas más típicas del país. Hecho de la madera de un árbol que se cultiva en la zona, este maquillaje tiene todo tipo de beneficios: desde proteger contra el sol a evitar las arrugas. Incluso algunas personas lo consumen en una especie de infusión. Finalmente descubro que el objetivo de Yu es venderme justamente su propia producción de thanaka. Aunque no tengo ninguna opción de usarlo, le compro algunas piezas como forma de agradecimiento por su bienvenida. Ella, alegre, me obliga a probar el maquillaje, que por cierto tiene un aroma frutal bastante agradable. Con la caras pintada, me invita a hacer un tour por su hogar, que no debe tener más de 40 metros cuadrados, divididos en cuatro zonas: dormitorio, cocina, una zona común y un pequeño templo. Cerca del templo se puede ver una foto enmarcada de Aung San Suu Kyi.
Yu me dice que es su mayor heroína y que incluso le reza más a ella que a los otros dioses. Cuando le pregunto porqué, me dice que es porque ella ha hecho cosas concretas por la gente de Myanmar, que su valentía es una inspiración. ¿Y qué piensa sobre lo que está pasando con los Rohingya? “Yo no entiendo mucho de esas cosas -dice- sólo sé que los musulmanes son un peligro, que no podemos dejarlos llegar y cambiar nuestro país. Yo apoyo a Aung San Suu Kyi y a nuestro ejército”.
Kyi Win tiene 50 años, pero se ve mucho mayor que eso. Dice que el trabajo en el campo lo avejentó; su espalda curvada y manos ajadas son testimonio de aquello. Viene de una familia campesina, donde la costumbre era trabajar 15 horas diarias o a veces más que eso. Su padre, me cuenta, era un hombre sencillo pero que siempre trató de inculcarle el valor de la educación y si no estaban en el campo trabajando, se dedicaba a enseñarle las cosas que sabía del mundo y a leerles el diario y los pocos libros que había en su humilde casa. Kyi Win trabajó en la granja familiar hasta que cumplió 25 años, cuando finalmente juntó el dinero suficiente para irse a la ciudad y estudiar pedagogía. Hace veinte años es profesor de lenguaje e historia para niños de todas las edades, y una vez al mes lleva a un grupo de sus alumnos de secundaria a la pagoda Mahamyatmuni, en las colinas de Mawlamyaing, para que puedan interactuar con extranjeros y practiquen su inglés. Dice que esto es un lujo que él no tuvo la oportunidad de disfrutar siendo joven.
El país estuvo aislado del mundo por casi cuarenta años producto de una dictadura comunista que impedía el contacto con el mundo exterior y la visita de turistas foráneos; la exposición a otras culturas y tradiciones se recibía a cuentagotas. Ese mismo régimen fue responsable de cambiar en 1988 el nombre del país de Birmania a Myanmar. Hoy la cosa es distinta: poco a poco el país se empieza a abrir y los birmanos no podrían estar más curiosos respecto a lo que pasa fuera de sus fronteras.
Kyi Win me pregunta sobre mi vida y mis viajes. Sus alumnos lo siguen en su entrevista. Me preguntan mi edad, si estoy casado y tengo hijos. Se sorprenden cuando les digo que no. Un soltero sin hijos de 36 años en Myanmar es como un elefante blanco: la mayoría de ellos se casa antes de los 24 y usualmente tienen una pareja para toda la vida. En general, la chica o chico que conocieron en su época de colegio será su pareja por siempre. Los hijos llegan rápido luego del matrimonio, como parte ineludible de la ecuación. Me cuentan que de a poco esa costumbre está cambiando, pero ninguno de ellos -todos entre los 16 y 17 años- se atrevería a pasar de los veintitantos sin tener una familia formada.
Cuando los chicos se alejan y quedamos sólo el profesor y yo, él mismo abre el tema de la situación de su país. Me pregunta qué he escuchado y le cuento sobre las noticias que se leen en los medios internacionales. Me escucha con atención y luego se prepara para darme su propio diagnóstico de lo que realmente pasa en Myanmar. “Estamos en una situación compleja -comienza diciendo- sobre todo porque nuestro gobierno sigue controlado por militares. Yo creo que nuestras autoridades civiles son buenas, pero no pueden hacer mucho. Existen poderes ocultos detrás de ambos lados. Por el lado de los Rohingya, se sabe que hay grupos terroristas como Al Qaeda apoyándolos, grupos con mucho dinero asociados a las fortunas petroleras de medio oriente. Y por parte de los militares, se sabe que también hay mucha corrupción, que los negocios de las armas son millonarios y ellos nunca serán cuestionados por las autoridades civiles o dejarán el poder voluntariamente. Esta guerra le es útil a muchas personas, en distintas partes del mundo”, cierra.
El de Kyi Win fue el testimonio más imparcial de los que pude escuchar en mi recorrido por distintas ciudades de Myanmar. Durante un mes de viaje, y luego de hablar y compartir con decenas de locales, pude reconocer en los birmanos a un pueblo de carácter cálido, amable, sonriente y servicial. Es probablemente uno de los países más amigables que un viajero pueda encontrar. Y sin embargo, en su vida diaria, la gran mayoría de ellos parece totalmente ajeno al drama de quienes, en estricto rigor, son sus compatriotas. Un velo de ignorancia, fanatismo religioso, intolerancia y aislacionismo ha cubierto la mirada de personas comunes y corrientes, gente inocente y de espíritu compasivo. Una contradicción que se puede ver una y otra vez en distintos lugares del mundo, pero que en este país parece más acentuada, quizás por esa aura de bondad que transmiten sus ciudadanos.
Aunque este no es el único conflicto étnico-religioso (y lamentablemente la historia nos dice que tampoco será el último) que ha afectado a Myanmar, es claramente el que ha tenido mayor repercusión internacional. A pesar de eso, no existen muchas esperanzas de que este drama concluya felizmente. Los militares seguirán presionando a los grupos de Rohingya para que abandonen el país y los líderes del país harán poco o nada para evitarlo. Mientras tanto, la gente en las calles de Myanmar seguirá haciendo su vida, seguirá acudiendo a sus bellos templos, seguirá respetando sus tradiciones milenarias y seguirá regalando esas sonrisas que permanentemente ocupan sus rostros, totalmente indiferentes al drama humano que ocurre a unos cuantos kilómetros de sus hogares.