Siempre sentí una atracción especial por los viajes en tren. Hay algo nostálgico en ese medio de transporte, quizás el mayor símbolo de la revolución industrial y la modernidad.
De todos los viajes en tren que he hecho en mi vida, ninguno me ha marcado más que aquellos que me pasearon por Sri Lanka. El país en sí es un festín visual por donde se lo mire. Es una especie de hermano menor de India, con paisajes y personas salidos de una pintura. Su sistema ferroviario, construido por los británicos en el siglo XIX para facilitar la exportación del té, permite llegar a casi todas las zonas de esta isla del Océano Índico. Viajar en esos vagones es una invitación a descubrir ciudades, pueblos playeros, reservas naturales, animales exóticos y plantaciones de té, pero también personas comunes, agricultores, artesanos, mineros; un pueblo humilde pero sumamente amable.