Estamos en un comedor, una choza de tres paredes y piso de tierra, con una fogata en el centro y una vieja con cara de pocos amigos que vende pollo y yuca frita. Es medianoche en pleno Amazonas, el primer lugar habitado que encontramos después de doce horas de viaje por un lodazal de curvas imposibles que nuestro auto, un Toyota Corolla del ‘98, logró sortear a duras penas.
Cómo llegamos a este lugar es una historia digna de una mala película de Hollywood. Junto con dos amigos decidimos acompañar a Chile al Mundial de Brasil. Primera parada: Cuiabá, el ombligo de Sudamérica.
Con los pasajes aéreos a precios disparados, buceando en internet encontramos la alternativa de volar a Santa Cruz de la Sierra y desde allí tomar un tren hasta Cuiabá. 700 kilómetros en 9 horas, ese era el plan.
Ya en Santa Cruz descubrimos que el mentado tren había dejado de funcionar hacía tres años. No existían alternativas, ni buses, ni servicios privados, así que hicimos lo primero que se nos ocurrió: preguntarle a algún taxista en la calle. El quinto que detuvimos ofreció llevarnos por 150 dólares.
Así comenzó una travesía por la selva profunda, evadiendo sinuosamente pantanos y lagos. Vimos aves tan grandes como personas y escuchamos a jaguares rugir marcando su territorio. Llegada la noche, Jorge, el taxista, amigo a esta altura, nos confesó que esta ruta desierta era controlada por el narco. Condujimos por horas sin detectar civilización, inquietos, hasta que por fin nos topamos con el boliche de la vieja del pollo y la yuca frita.
Ahí nos encontramos con los cinco hombres de aspecto duro que ahora terminan de comer. Uno de ellos se nos aproxima y nos pregunta, amenazante y sin rodeos, por qué estamos ahí. Con la garganta apretada, logro balbucear que vamos camino a Cuiabá, al Mundial. El tipo sonríe, da media vuelta y se aleja. “Ojalá pierdan” se alcanza a escuchar.
Nosotros respiramos aliviados. No lo sabemos aún, pero nos quedan quince horas más de viaje.