Cuando comenzaron las protestas en octubre de 2019, tomé mi cámara y fui a ver la realidad de lo que pasaba con mis propios ojos. Este es un resumen de lo que presencié durante esos convulsionados días, tres lejanos años atrás.
Ataque con bombas molotov a estación Baquedano. Kilómetro cero de Santiago.
Juventud desencantada y decidida a hacer algo al respecto.
All we need is love.
Los días de protesta en general tenían un tono, una vibra similar: era un mar de eventos simultáneos, inconexos, la mayor parte de las veces espontáneos. Un paisaje de experiencias sensoriales altamente estimulantes, pero totalmente desconectadas unas de otras. Todo muy posmo.
Aunque en su mayoría eran jóvenes, personas de todas las edades protagonizaron las protestas.
El día de la protesta del millón de personas fue un fenómeno como nunca vi antes en Chile. Multitudes tomaron las calles de Santiago para reivindicar las más diversas causas, para celebrar que “Chile despertó”, para sentirse parte de algo grande, de un momento histórico. Los chilenos se manifestaron y celebraron con total desinhibición. Una especie de velo, una barrera moral y cultural cayó esos días y aquello que antes parecía ser cierto, válido, irrefutable, luego ya no lo fue más. Y de pronto, todo estuvo permitido.
Ellos jugaron a la pelota.
Otras salieron a “hacer su arte”.
Ella ofrecía contención gratuita e inmediata.
Un guasón, sin su vestimenta característica pero conservando el maquillaje, deambula por las calles de Santiago buscando respuestas para aquello que jamás podrá ser comprendido por la mente humana.
Estos amigos salieron a emborracharse y pasear luciendo sus camisetas de los clásicos rivales del fútbol chileno. Todo para demostrar que el amor (y el alcohol) vence todas las diferencias.
No tengo claro qué tipo de protesta era esta o porqué involucró a un vikingo a guata pelá tomando cerveza, pero por esos días toda forma de expresión era admitida, promovida y generalmente celebrada. Lo subterráneo salió a la superficie, lo extraño y bizarro pasó a ser algo común.
Concierto improvisado desde un balcón de Avenida Providencia, a cuadras del epicentro de la protesta.
Un grupo de la primera línea se alista para la guerra.
Un hombre hace un solitario homenaje a Victor Jara en los exteriores del GAM.
Y el “Che de los gays” hace lo propio con Allende.
Dicen que los chilenos somos especialmente dados al formato meme y creo que algo de eso se vio reflejado en las protestas de 2019. Miles de carteles y rayados, con los más diversos mensajes, se apoderaron de las principales calles del país.
Las referencias a Los Simpsons fueron abundantes. Es más, fueron elementos infaltables del paisaje. Toda una generación cuyo sentido del humor fue moldeado por una serie gringa que logró la inmortalidad satirizando el modo de vida de la modernidad neoliberal. Los niños de la Transición chilena son tan hijos de Los Simpsons como de Milton Friedman.
Plaza Ñuñoa fue un epicentro regular de protestas, sólo que muy distintas a las de Plaza Dignidad. Más batucada, menos barrabrava. Más niños, menos adolescentes. Más rubio, menos moreno. Más famosos, menos pacos.